Un estudio de un investigador cántabro sobre la influencia de la insolación a la hora de elegir asentamiento las sociedades del Paleolítico acaba de ser publicado.   

El trabajo, ‘Insolación y hábitat paleolítico en el Valle del Asón (Cantabria, España). Cuaternario y Geomorfología’, es de Alejandro García Moreno, investigador del Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria (IIIPC), y ha sido difundido a través de la revista Journal of Archaeological Science, informa la Universidad de Cantabria.  

En términos generales, el estudio concluye que la insolación no era uno de los factores más importantes a la hora de elegir un lugar de asentamiento, y que es posible que en muchos casos esta característica se sacrificase por otras, como una mayor cercanía a los recursos.

Así, el artículo gira en torno a la idea de si cuando un grupo de cazadores y recolectores del Paleolítico elegía una cueva o abrigo rocoso para asentarse (para establecer un campamento, por ejemplo) tenían en cuenta la cantidad de luz solar que ésta recibía.   

En concreto, el estudio se analiza la insolación potencial que recibían un conjunto de yacimientos del final del Paleolítico Superior, concretamente de los periodos Magdaleniense Superior y Aziliense (hace entre 16.000 y 10.000 años aproximadamente), situados en el Cantábrico Oriental (Cantabria, Vizcaya y Guipúzcoa).

Tradicionalmente, se ha considerado que una buena insolación sería deseable, ya que ésta ofrece iluminación y calefacción ya que en los periodos Magdaleniense y Aziliense, en los que se centra este trabajo, al final del Paleolítico Superior, es el final de la Última Glaciación, y que por lo tanto las condiciones climáticas serían mucho más frías que en la actualidad.

En este sentido, una buena insolación podría mejorar “notablemente” las condiciones de habitabilidad de una cueva: por ejemplo, en la Cueva del Mirón, en Cantabria, se midió la temperatura en diferentes partes del vestíbulo durante un año, y se comprobó que la zona más exterior, bien iluminada en verano, era varios grados más cálida que la zona interior.   

Así por ejemplo, Marcelino Sanz de Sautuola, el descubridor de la cueva de Altamira, ya llamó la atención en 1880 sobre la buena iluminación que ofrecía la cueva de El Mazo